Lo que no sabías de Duff McKagan.


El bajista de  Guns N' Roses relata en su autobiografía  que estuvo a punto de morir en su casa de Seattle, cuando se le reventó el páncreas debido a su alcoholismo.

El sueño de ser un rockstar se le cumplió a Duff McKagan en 1985, cuando se convirtió en el bajista de Guns N’ Roses. Esta vida fantástica (en apariencia) incluyó lujos exagerados, montañas de drogas, mares de alcohol y centenares de mujeres dispuestas a todo, como buenas “groupies”. El cobro por los caros excesos: la muerte.




O en el caso de McKagan, “casi la muerte”. El músico confesó que por pertenecer a Guns N’ Roses, banda liderada por Axl Rose, estuvo a punto de perder la vida. Peor aún, su sufrimiento le hizo rogar que alguien terminara con ella. Cuando el alcoholismo finalmente le cobró la factura y se le reventó el páncreas, suplicó a los doctores que lo dejaran morir.

Y es que McKagan, hace ésta y muchas otras escalofriantes revelaciones en su autobiografía, titulada “It’s So Easy (And Other Lies)”.



De este polémico libro ya se han publicado, como estrategia de ventas, fragmentos donde el músico cuenta anécdotas relacionadas con las giras de Guns, su relación con Axl Rose y los demás miembros de la banda, su alcoholismo y adicción a las drogas, y su amistad con otros rockeros famosos, también perdidos en los excesos.

“He conocido a un montón de drogadictos. Muchos de ellos han muerto o continúan viviendo una lamentable existencia hasta el día de hoy. En el caso de algunos, personalmente atestigüé su maravillosa alegría de vivir mientras tocábamos música juntos desde niños, y miraban hacia el futuro. Desde luego, en ese entonces ninguno pensó que sería un drogadicto o un alcohólico”.

McKagan utiliza una frase que redondea el sentido de la publicación: “Algunas personas pueden experimentar en su juventud y luego seguir adelante. Otras no”.

McKagan relata historias de todo tipo, algunas más divertidas que otras, pero la mayoría revelando el vacío provocado por las adicciones.

“En 1988, en un concierto de MVT en vivo, Axl me presentó como siempre  como Duff, ‘El Rey de las Cervezas’ McKagan. Tiempo después, una compañía productora trabajaba en una nueva serie de animación, y me habló para preguntarme si podía utilizar el nombre ‘Duff’ como marca de la cerveza que aparecería en el programa. Me reí y dije que por supuesto, que no había problema.



“Toda la cosa sonaba como a un proyecto de arte de bajo perfil ¿Quién hacía caricaturas para adultos? No imaginé que ese show se convertiría en ‘Los Simpson’ y que unos años después comenzaría a ver tarros de cerveza Duff en cada sitio en el que nos presentábamos”, cuenta.

Después de la gira “Use Your Ilusion” (1991-1993), la más larga de la banda y una de las más extensas de la historia del rock, McKagan llegó a un punto crítico de dependencia a todo tipo de sustancias.

“Tomando en cuenta lo que vi, una reputación de alcohólico no parecía ser gran cosa. Pero en el tiempo de ‘Use Your Ilusion Tour’, mi consumo tomó proporciones épicas. Para la gira, rentó un avión privado (…). Slash y yo lo bautizamos fumando crack juntos. Ni siquiera recuerdo haber tocado en Checoslovaquia. Tocamos en el estadio de una de las ciudades más bonitas de Europa poco después de la caída del Muro de Berlín, y sólo sé de ese concierto por mi pasaporte.

“Ya no estaba seguro si yo sería uno de los que podían experimentar en su juventud y después seguir adelante”, confiesa.

El abuso de drogas y alcohol comenzó a perjudicar el estado de salud del bajista. Y cómo no, si revela que todos los días despertaba con una botella de vodka.

“Traté de dejar de beber en 1992, pero empecé de nuevo en unas semanas. Simplemente no podía parar. Se me comenzó a caer el cabello y los riñones me dolían cuando me enojaba. La piel de mis manos y pies se agrietó y tenía erupciones en mi rostro y cuello. Tuve que usar vendas debajo de los guantes para poder tocar el bajo”.

Uno de los episodios más crudos fue cuando el músico decidió pasar un tiempo en su casa de Seattle su ciudad natal para rehabilitarse. Cuenta que compartió vuelo con Kurt Cobain, líder de Nirvana, tan sólo unos días antes de que éste se suicidara justo en esa ciudad.

“En 1994 abordaría un vuelo de L.A. a Seattle. Kurt Cobain estaba esperando para tomar el mismo vuelo que yo. Comenzamos a hablar. Él acababa de salir de un centro de rehabilitación. Los dos lo habíamos arruinado. Terminamos sentados uno al lado del otro y hablando de todo el asunto, pero sin revelar ciertas cosas. Yo estaba en mi propio infierno y él en el suyo, y los dos parecíamos comprenderlo.

“Cuando llegamos al aeropuerto, me pasó por la mente invitarlo a mi casa. Tenía la sensación de que estaba solo y se sentía solo esa noche. Como yo. Pero había demasiada gente en la terminal. Yo estaba en una famosa banda de rock; él estaba en una famosa banda de rock. Perdí ese pensamiento en un minuto, y Kurt se fue a esperar su limosina”.

Días después de ese encuentro, confiesa, su manager le llamó para darle la noticia: Cobain había sido encontrado muerto en su casa de Seattle, con un disparo en la cabeza. Eso fue el 8 de abril de 1994.

“Me da vergüenza decir que cuando oí la noticia me sentí entumecido. No les llamé a sus compañeros de la banda, Dave Grohl y Krist Novoselic. Me imaginé que mis condolencias no serían importantes, de cualquier manera”.

Fue el 10 de mayo, un mes después de la muerte de Cobain, cuando Duff McKagan tuvo su propio encuentro con la muerte, aunque ésta decidió darle otra oportunidad.

“Me desperté con unos dolores intensos en mi estómago. El dolor era inimaginable, como si alguien hubiera tomado un cuchillo y me lo estuviera girando en mis entrañas. El dolor era tan intenso que no podía siquiera llegar al borde de la cama para marcar al 911. Estaba petrificado por el dolor y el miedo, lloriqueando".

“El tiempo que estuve ahí lo sentí como una eternidad. Nunca antes en mi vida había querido que alguien me matara, pero estaba sintiendo tal dolor, que sólo deseaba que alguien le pusiera fin a mi miseria”.

El músico cuenta que fue su mejor amigo de la infancia, Andy, quien lo encontró aquel día y le salvó la vida. Como pudo, Andy lo cargó hasta llevarlo con un doctor, que comenzó a inyectarle medicamento para el dolor.

“Demerol". Otra inyección de Demerol, y otra vez nada. Yo comencé a entrar en pánico. Gemí cuando mi espíritu comenzó a oscurecer y luego a desvanecerse...”.

Fue en la sala de emergencias donde se le informó, aún entre dolores intensos, su situación: “Mi páncreas aparentemente hinchado hasta alcanzar el tamaño de un balón de futbol, había explotado de tanto alcohol. Me explicaron lo que procedía. Tenían que quitarme una parte del páncreas y después tendría que hacerme diálisis por el resto de mi vida”.

El fragmento autorizado por el músico termina en suspenso: “Utilicé todas mis fuerzas para susurrarle al doctor: ‘Máteme’".

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